Cuando escribo, puedo sentir mejor.
Recontextualizando, a esto me dedico: Las Letras.
(Retomo unas letras viejas para amenizar)
Era ya muy tarde y yo seguía con tantas letras entre los
dedos. Salí a fumarme un cigarrillo para ver si a esas letras les salían alas y
se marchaban volando junto con las palomillas nocturnas, buscando en el faro de
la calle algo de esa luz que yo ya no tenía.
Pero ni alas les salieron y sí por el contrario, se llenaron
de patitas y como hormigas corrieron por mis brazos mordisqueando hasta mi
pecho. Entré desesperado y me lavé manos, brazos y parte de mi torso, donde ya
sentía escozor. Demasiado tarde.
Opté entonces por tomar una ducha de agua fría, tal vez mi
cabeza se enfriaría y las letras mojadas caerían una a una perdiéndose en la
coladera. No fue así. De alguna manera pasó lo contrario, y cuando digo lo
contrario me refiero a que de la coladera salieron más letras y treparon
húmedas primero por mis sandalias, después a por mis pies y terminaron
instalándose en todo mi cuerpo.
Para cuando terminé de secarme alcancé a mirar en el espejo mi
espalda, las letras habían comenzado a organizarse en una especie de sociedad
retórica y acampaban todas en pequeños grupos sobre mi columna vertebral.
Salí y me eché en la cama espalda arriba, ya que nunca he sido
partidario de asesinar letras, mucho menos letras tan persistentes y tan revolucionarias.
La opción que tomé fue apagar las luces de la habitación y quedarme a oscuras,
ya fuera que me llegara el sueño perdido en el cansancio, o que eso mismo les
pasara a ellas, las letras. Sería un final feliz. Al menos un final que me
daría descanso momentáneo, ya que una de tan pocas verdades, es que no existen
finales.
Pero ese ‘final’ tampoco sucedió. A los pocos minutos me di
cuenta que habían comenzado a desprender lunares y pecas de mis hombros para
encender pequeñas, diminutas hogueras, se reunían en torno a la luz y tal vez
incluso ya se organizaba un parlamento para definir algún ataque próximo, o una
excursión hacia mi interior entrando por oídos, nariz, boca o aún peor, por
cualquier otro orificio que les permitiera el ingreso; aunque tal vez se
reunían únicamente como una tertulia en la que cada letra en estricto orden
alfabético podría expresar su opinión acerca de la situación, o recitaba algún
verso, o relataba algún cuento, o cantaba, o se repetía a ella misma hasta el
cansancio…
Ante tales cálculos tan imprecisos, no supe qué hacer.
Sobrevino entonces, como siempre, el temor.
Temí por un momento que las sábanas de mi cama se incendiaran
a causa de sus hogueras tan poco controladas de pecas y lunares, y todo esto
culminaría con una catástrofe, la cual si bien pondría fin a esa sociedad de
caracteres envalentonados que ya habían tomando mi cuerpo por suyo, también
podría culminar con mi existencia y al otro día en los titulares de la prensa
se leería, “hombre muere calcinado por sociedad de letras irresponsables” y
como balazo “varias letras sobrevivieron inexplicablemente, entre ellas se
logró identificar a varias A, E y algunas O, estas últimas se encuentran en
estado crítico”.
En realidad nadie quiere eso, pensé, menos yo. Más porque uno
puede ser tan insignificante que dicho suceso, a pesar de ser de enormes
magnitudes literarias, por el simple hecho del individuo en cuestión, es decir
su servidor, no aparecería ni en la gaceta más ruin del pueblo.
Es así como, no visualizando otra alternativa asequible,
decidí, aún contra toda mi voluntad, que puede ser muy poca, y sin pensar tanto
en los riesgos venideros, dar alojamiento de manera indefinida a estas letras
que sabrá Dios de qué parte del mundo habrán llegado.
Claro está que tomamos esta resolución no sin antes llegar a
un mutuo acuerdo bajo el cual ambos, letras a bordo y yo, intentaríamos
coexistir de una manera respetuosa y por ende pacífica, ellas dejando de hacer
fogatas con mi piel y pellizcándome por doquier, yo por mi parte sacándolas de
manera cotidiana a pequeños paseos principalmente nocturnos, y brindándoles una
posibilidad aunque limitada y poco fructífera, sí bastante funcional en el caso
específico de formular con ellas palabras, enunciados, y si la relación
funcionaba a la postrimería, tal vez hasta párrafos completos, donde ellas,
obviamente, tendrían los papeles principales…
Es así de fácil como inicié
una vez más, creando por obligación ética y moral, pero principalmente, por
amor propio.