lunes, 5 de septiembre de 2011

Postales de una supervivencia. La resistencia a la vida.


Caí en el profundo hoyo negro, pero ya no duele… quema como magma en mi interior, cada vena que recorre una y otra vez, ardiendo… y luego algo el ácido apestoso como mi alma, cuarteada. Sí, me siento libre, tan libre como nunca me supe, pero no quiero sentirme libre, no ahora por favor. ¿Así que chingas a tu madre diciendo que nunca fui niño? Me retuerzo, gimo, chillo, araño, grito y me reviento mis tímpanos, ladro pero ya no me escucho afuera. Me escucho desde adentro, como si más que oír fuera pura y simple percepción, resonancia.
Una sola nota de piano que me acompaña desde aquí... la que tú quieras.
Yo corría a los columpios pero nunca llegaba, algunas risas burlonas. Ya te dije que no puedo levantarme, como si un gusano que se arrastra… Siempre me llegó todo al cuello, la misma mierda... Nunca tuve una tina dentro de mi baño… yo no sé nadar. Ya no importa, porque la gente que me ve desde allá, donde estás tú, no hace nada; creen que con llorar me sacarán, creen que unas flores y algo de tierra terminarán conmigo… Todos estamos equivocados. Ayer me raspé la rodilla porque me fui de bruces en la bicicleta, se me rompió un diente. Se me rompió el corazón… no lloré, no, no era de algodón rosa o azul como en la plaza de ese lugar tan lejano. Tal vez sus lágrimas, si no fueran tan saladas, tal vez si fueran lágrimas de cuerda o mecate, tal vez así me servirían de algo. No lo son. Son lágrimas… como todas.
Mejor me sigo retorciendo, gimiendo, chillando, arañando, mejor me voy a sacar los ojos, no me sirve de nada que me traigas merteolate rojo para mis heridas y pomada para que no me salga acné, sobre el hueso pelado no salen granos y tampoco sangre… tal vez un poquito de médula. Cuando le retorcías el pescuezo a las gallinas, las agarrabas y les dabas vueltas como matraca y siempre tronaban al principio, hasta que pufff. Vamos a cacarear.
Allá, de aquél lado los gallos se están comiendo a los conejos recién nacidos, a los que no se alcanzaron a comer sus padres.
Perdón, perdón, lo olvido de pronto… Decía que yo voy a seguir chillando, arañando, gimiendo y retorciendo mis huesos, de todos modos ya nadie me ve, yo no veo a nadie. Cuando apagabas la luz y yo escuchaba pasitos de brujas con brebajes hediondos o pasotes de ropavejeros, también hediondos. Me cago de miedo. Ya no hay ojos, nomás unos huecos muy profundos, fríos y oscuros entre la oscuridad, y entre los gusanos que hacían ruido porque tenían rica fresca comida… pero ya no están. Ustedes se fueron cuando cumplí la mayoría de fracasos y dijeron que ya estaba grandecito.
Voy a seguir removiendo mi polvo, de todos modos no hay ni viento que me desaparezca, el polvo no hace ruido por sí sólo, mi polvo hace ruido blanco.
Ya no queda polvo.
Tengo un vacío en el estómago. Mejor me voy volando, es bello andar por estos rumbos… toda la gente muy mona muy ausente, muy llena de nada.

"Study for Figure Undressing #11" de Sophie Jodoin

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