Caí en el profundo hoyo negro, pero ya
no duele… quema como magma en mi interior, cada vena que recorre una y otra
vez, ardiendo… y luego algo el ácido apestoso como mi alma, cuarteada. Sí, me
siento libre, tan libre como nunca me supe, pero no quiero sentirme libre, no
ahora por favor. ¿Así que chingas a tu madre diciendo que nunca fui niño? Me
retuerzo, gimo, chillo, araño, grito y me reviento mis tímpanos, ladro pero ya no
me escucho afuera. Me escucho desde adentro, como si más que oír fuera pura y
simple percepción, resonancia.
Una sola nota de piano que me acompaña
desde aquí... la que tú quieras.
Yo corría a los columpios pero nunca
llegaba, algunas risas burlonas. Ya te dije que no puedo levantarme, como si un
gusano que se arrastra… Siempre me llegó todo al cuello, la misma mierda...
Nunca tuve una tina dentro de mi baño… yo no sé nadar. Ya no importa, porque la
gente que me ve desde allá, donde estás tú, no hace nada; creen que con llorar
me sacarán, creen que unas flores y algo de tierra terminarán conmigo… Todos
estamos equivocados. Ayer me raspé la rodilla porque me fui de bruces en la bicicleta,
se me rompió un diente. Se me rompió el corazón… no lloré, no, no era de
algodón rosa o azul como en la plaza de ese lugar tan lejano. Tal vez sus
lágrimas, si no fueran tan saladas, tal vez si fueran lágrimas de cuerda o
mecate, tal vez así me servirían de algo. No lo son. Son lágrimas… como todas.
Mejor me sigo retorciendo, gimiendo,
chillando, arañando, mejor me voy a sacar los ojos, no me sirve de nada que me
traigas merteolate rojo para mis heridas y pomada para que no me salga acné,
sobre el hueso pelado no salen granos y tampoco sangre… tal vez un poquito de
médula. Cuando le retorcías el pescuezo a las gallinas, las agarrabas y les
dabas vueltas como matraca y siempre tronaban al principio, hasta que pufff.
Vamos a cacarear.
Allá, de aquél lado los gallos se están
comiendo a los conejos recién nacidos, a los que no se alcanzaron a comer sus
padres.
Perdón, perdón, lo olvido de pronto…
Decía que yo voy a seguir chillando, arañando, gimiendo y retorciendo mis
huesos, de todos modos ya nadie me ve, yo no veo a nadie. Cuando apagabas la
luz y yo escuchaba pasitos de brujas con brebajes hediondos o pasotes de
ropavejeros, también hediondos. Me cago de miedo. Ya no hay ojos, nomás unos
huecos muy profundos, fríos y oscuros entre la oscuridad, y entre los gusanos
que hacían ruido porque tenían rica fresca comida… pero ya no están. Ustedes se
fueron cuando cumplí la mayoría de fracasos y dijeron que ya estaba grandecito.
Voy a seguir removiendo mi polvo, de
todos modos no hay ni viento que me desaparezca, el polvo no hace ruido por sí
sólo, mi polvo hace ruido blanco.
Ya no queda polvo.
Tengo un vacío en el estómago. Mejor me
voy volando, es bello andar por estos rumbos… toda la gente muy mona muy
ausente, muy llena de nada.
"Study for Figure Undressing #11" de Sophie Jodoin

No hay comentarios:
Publicar un comentario