Finalmente uno tiene qué reconocer que desnudar a una mujer
hermosa no es tan simple y cotidiano como un “me da un café negro para llevar
por favor”. No, es indispensable por sobre todas las consideraciones, tomarse
su tiempo, tomarse sus descansos, tomarse de las manos y de los ojos y de los
hombros, tomarse de cada lunar por oculto que éste se encuentre, tomarse además
del ombligo a la primer oportunidad, tomarse de los labios y de las miradas -para
mirar aquí por favor, y me da una docena de todo para llevar, si es tan amable-,
colgarse de las manecillas del reloj y de sus pequeños senos, los de ella, como
si fueran el único y último vínculo hacia ese mundo perverso y deliciosamente
real; extender el tiempo y acortar el espacio entre ambos, hasta que sea nulo,
finalmente. Ella desnuda, yo desnudo. Mis brazos abrigándola, ella dejándose abrigar…

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