viernes, 16 de diciembre de 2011

Desnudar a una mujer hermosa



Finalmente uno tiene qué reconocer que desnudar a una mujer hermosa no es tan simple y cotidiano como un “me da un café negro para llevar por favor”. No, es indispensable por sobre todas las consideraciones, tomarse su tiempo, tomarse sus descansos, tomarse de las manos y de los ojos y de los hombros, tomarse de cada lunar por oculto que éste se encuentre, tomarse además del ombligo a la primer oportunidad, tomarse de los labios y de las miradas -para mirar aquí por favor, y me da una docena de todo para llevar, si es tan amable-, colgarse de las manecillas del reloj y de sus pequeños senos, los de ella, como si fueran el único y último vínculo hacia ese mundo perverso y deliciosamente real; extender el tiempo y acortar el espacio entre ambos, hasta que sea nulo, finalmente. Ella desnuda, yo desnudo. Mis brazos abrigándola, ella dejándose abrigar…


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