viernes, 18 de febrero de 2011

no existe el hilo negro... no para mí


Texto en borrador:

- Bien, antes que nada, quiero que te sitúes en tu propia realidad… -la mujer guardó silencio, esperando una respuesta, al no obtenerla continuó esperando que el hombre en el sillón, con los ojos cerrados y la quijada relajada no se hubiera dormido ya…
- Joaquín… ¿a qué te dedicas?
- Cuento… -dijo por fin el sujeto, después de una pausa en la que posiblemente luchaba por obligarse a hablar, o tal vez a guardar silencio
- Muy bien… ¿qué es lo que cuentas?
- Todo… es decir… histerias. Perdón, historias…
- Bien… bien Joaquín, ¿y… por qué crees que estás aquí? –insistía calmada y pausadamente la mujer.
El sujeto en el sillón abrió repentinamente los ojos, se quedó tenso. No quería hablar, no quería decir esas palabras que tenían tanto tiempo dando vueltas en su cabeza; creía que si no las pronunciaba, no serían reales, que si las mantenía para sí mismo, aprisionadas en su cabeza, serían sólo eso, ideas absurdas dentro de una mente que poco a poco parecía desmoronarse como… como cualquier cosa que se desmorona, tal vez azúcar.
- Está bien, tómate tu tiempo… tal vez… –y entonces, como quien decide finalmente saltar
- Creo que alguien está contando mi vida. Y… esa persona no soy yo –soltó friamente Joaquín.
Después de esas palabras la doctora siguió hablando, pero él en realidad ya no la escuchaba, o si lo hacía, era como una voz que va desapareciendo a lo lejos, muriendo. Y cerró los ojos apretando los párpados, sintió el aire frío golpeando en su rostro, había una brisa humedeciendo levemente su piel, creyó tambalearse, dudar por un segundo, pero recuperó el equilibrio, extendió los brazos sin abrir los ojos, en realidad no esperaba que hubiera nada para tocar, sólo lo hizo por instinto, suspiró, sintió la sangre correr por sus venas, agolparse en sus sienes, frío en la nuca… y después el vacío.
Y en la negrura de la nada, logró extrañamente entrever algunas letras a lo lejos… de alguna manera pudo acercarse a ellas, o ellas se acercaron a él, hasta que pudo leerlas “y Joaquín regresó a la habitación”. Las palabras desaparecieron a su vista y comenzaron a entrar por sus oídos, por su nariz, por debajo de sus uñas y su piel, sentía cada letra acuchillando su cuerpo desde afuera y desde adentro “…al sillón, con la mujer que le hablaba, y todo era confuso, pero a la vez, e sentía poseedor de una lucidez como nunca lo había imaginado, como quien…”
- Espere, aún no terminamos –le dijo la mujer al ver que Joaquín se levantaba de un salto para salir de la habitación –¡espere!
Pero él no espero. Esa había sido la historia de su vida, esperar…

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