lunes, 21 de marzo de 2011

Charlas con Don Lázaro... (I)


(Fragmento):

Sabes, yo salía con una puta, o entraba, dependiendo de cómo lo veas… una puta con la que nos queríamos mucho, yo la quería más, porque todo el amor que yo le daba era únicamente para ella… pero, ya sabes eso de los oficios, ella en cambio tenía que repartir al igual que su cuerpo, su amor para con todos sus clientes, y mira que no eran pocos –me dijo don Lázaro mientras ríe felizmente recordando-, y tenía tanto, pero tanto amor, que yo siempre supe que había escogido bien su oficio de puta, le iba a la medida, como braga al culo, ya que de esta manera podía deshacerse de a poco de ese candente cariño, esa pasión y esas ansias de querer que, me imagino, le quemarían el cuerpo entero si no las dejaba salir así como lo hacía y al final la consumirían hasta los olores.

Así que de vez en vez, de cama en cama y de cliente en cliente, mi novia la puta dejaba escapar de a poco su profundo amor que le tenía a todo y a todos… poco menos a ella…

El caso es que disfrutábamos nuestras noches, ya que cuando ella se quedaba conmigo no atendía a nadie más hasta la siguiente luna, realmente le gustaba que le diera… muy buena puta… mi putita querida –y aquí hace una pausa mi elocuente compañero para suspirar tiernamente, sí, tiernamente como pocas ocasiones lo suele hacer-.

Y creo que realmente éramos felices, sabes, ninguno nos pedíamos más de lo que sabíamos podíamos darnos, yo le escribía algunos poemas y antes de marcharme se los leía, ella se quedaba en la cama, tan desnuda como nunca he conocido a nadie más, y me escuchaba atenta, creo que muchas veces no entendía lo que le decía, pero a ella las palabras después de coger le iban tan bien, la dejaban como recién bañada y más aún, hasta perfumadita, quedaba entonces como una princesa en plena y duce juventud… imagino al tipo que llegaba con ella después de dejarla yo así, siempre pensé regresar a la noche siguiente, para encontrarla aun santa, aun recién perfumada y como una princesa en “plena y dulce juventud”… pero no, simplemente me gustaba encontrarla como la encontraba, y ser como su salvador, su costurero personal, y la remendaba metiendo mi aguja y dejando mi hilo por aquí y por allá… zarandeándola, sacándole el polvo y la suciedad que acumulaba hasta que yo llegaba, y así hasta mi próxima visita…

Nuestra putesca, platónica y honesta relación duró poco menos de un año, y yo la quería cada vez más, y le daba cada vez más… por donde ella quisiera y como ella quisiera. Pero ella era una puta, y aunque yo creo que me quería más que a los demás, seguía siendo una puta, y si yo tenía relaciones con una puta, tal vez eso me hacía un puto, realmente eso no me importaba… pero ella era una puta… ¡¿sabes muchacho?!, “muchas veces uno sigue comiendo mierda y pensando que es nutritiva…”.

Cuando don Lázaro terminó de contarme esa anécdota con esta frase, me pareció sublime, algo realmente fantástico, aunque creí de momento que ya conocía esas palabras, decidí darle todo el crédito a él… lo dijo con una seguridad en los ojos, tan ufano como siempre, tan verdadero, muy a pesar de que ocasionalmente no decía las verdades completas y las remataba con otras mentiras a medias, o tal vez era al revés. Ahora recuerdo, esas palabras son de Jorge Bucay… pero tuvieron mayor y mejor resonancia dichas por don Lázaro, eso pasa muchas veces… alguien dice, piensa o escribe algo, alguien retoma lo dicho y lo hace sublime, y todos olvidamos al que lo dijo, pensó o escribió primero… así es la vida.

El hecho de que él fuera todo verdad, franqueza y sinceridad seguía incomodándome, pero al menos era reconfortante saber que no andaría con rodeos, que si le enfadabas no inventaría cosas para zafarse, que si le dabas lástima no ocultaría tu miseria… era mejor estar con él que con la demás gente, esos pobres tristes perros sin ilusión, ellos mienten casi todo el tiempo, como igual lo hago yo estando con ellos, tal vez esta es la razón de que me sentía bien charlando con don Lázaro, y me sentía un poco mierda estando con los demás… entonces la soledad se hacía un refugio, donde escapar de la verdad y la mentira, un estado neutro… entre don Lázaro, y los demás.

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